viernes, mayo 28, 2010

San Jorge

Pensaba en qué decir, hace un rato... No sé bien qué se dice sobre un libro como éste. Pensaba que aparte de estas nuevas generaciones revisionistas, van quedando pocos: los viejitos de Boedo, los de Villa Urquiza, los tipos del Club Coghlan, que vos me decías, y los del Sunderland, en Saavedra, donde paraba San Jorge cuando era pendejo.

Me preguntabas por qué el club se llamaba Coghlan, si queda en Villa Ortúzar, y es que tuvieron mala suerte. En la época de las autopistas militares les tocó que el tendido les pasara por encima del balero, y entonces llegó la expropiación y después la mudanza; lo llevaron y quedó el mismo cartel, con el nombre igual que antes. También en el Social Sporting lo ponen todo el tiempo al cimarrón. A media cuadra de la esquina de Pugliese y a veinte metros de la casa de los Cerati, el músico que le gusta a la hija de Raúl... Parece que hay algo especial en la cuadra, esa boludez se comenta por el barrio.

Ahora me acuerdo de la familia Bustigaray, mis amigos de la escuela secundaria: Maxi tuvo una hija que después se murió de muerte súbita. Nunca terminé de entender de qué se trata el asunto. Como si algunas personas nacieran con un mecanismo en contra del desconsuelo, un timer que apagara el motorcito justo cuando la cosa empieza a ponerse al dente. Yo me enteré por una amiga en común que había nacido su hija. Pero nunca lo llamé. No sé bien por qué. Por inadaptado, supongo. Un día me lo encontré por la calle y le pregunté por la hijita. Me dijo que se había muerto a los quince días de nacer. No me puedo olvidar de ese momento. Ni de la cara, ni de la voz que se le puso cuando decía. Un verdadero estoico hablando en el frente, a los ojos. Algo demoledor.

Después le perdí el rastro. Una vez en el tren pensé que lo había visto y seguí por un par de vagones a alguien, pero cuando lo tuve adelante era un desconocido. No supe bien qué decir, cuando lo encaré, el tipo pensó que quería venderle algo. Se disipó del rígido por un tiempo largo. Pero cada tanto vuelve, esa tarde, y esa cara sobre la avenida, que empezó a definir una percepción sobre las cosas que nunca más volvió a desaparecer. Hay gente especialista en encontrarse por la calle con viejas amistades. Yo no me encuentro con nadie. Debe ser una variación de la buena fortuna. A la salida de la estación de Bella Vista hay una hilera de taxis esperando pasajeros. Son pocos y muchas veces me toca el mismo auto, ya el tipo me conoce y me da la chapa. Ese podría ser un especialista, por ejemplo, si pudiéramos creer en su relato. Pero lo más probable es que haya encontrado la fórmula que le afloja la lengua, para soltar un poco de estática. La carga de neutrones acumulados en la cabina del coche, muchísimo más tiempo del que recomienda la organización mundial de alguna cosa. Sus conversaciones empiezan igual sin variación: ‘el otro día me encontré con fulanito, que iba al colegio conmigo, y me dijo: ...’ Así aborda siempre. Encontró la solución para que todos los muñecos que suban a esa sucursal del infierno lo puedan escuchar. Democratizó su fastidio, digamos. Supongo que todos deberíamos trabajar alguna temporada de taxistas.

Me gustan los boliches rantifusos que te nombraba antes. No como una mueca posmoderna, como hacen ustedes, sino que me siento cómodo de verdad, y tranquilo, dando piques en la punta del trampolín sobre la gran pileta vacía de la clase. Rezagos de una época que ya no vuelve...Cuando me toca tomar un café en lugares como los Plaza del Carmen, no puedo jamás evitar sentirme un verdadero pelotudo. ¿Qué mierda hago ahí?

Cuando me preguntabas porqué no me sentía solo no pude terminar de contarte la verdad. Debe ser difícil vivir en una ciudad prestada. Lo que siempre rescata a mi semántica de bolsillo es caer en un lugar común: Vuelvo al Barrio. El antídoto más común de todos y como todo antídoto tiene que ser común a todos los organismos. Acercarme hacia el norte, por la avenida, es la forma de ir recopilando las cosas. Casi nunca falla. A medida que me acerco a mi casa, y Cabildo es el nombre de guerra que se pone la Santa Fe, y empiezan a aparecer los cines y el empedrado, y antes la plaza y La Redonda, no te digo que entiendo lo que pasa, pero tengo la sensación de estar muchísimo más cerca. Vos me preguntabas si es que había algún misterio cuál era y dónde había que buscarlo y es ahí, para mí, que está la cosa.

El día que me lo encontré a Maxi no tuvo vuelta atrás. Al revés de lo que se piensa, éramos todavía lo suficientemente jóvenes para pensar en el futuro sin estar desconcertados. Y sin embargo, la muerte tenía una vigencia descomunal. Esa podría ser una literatura para vos. Una línea finita por la que van tus criaturas caminando, dispersos por una contraofensiva de gendarmes, a la salida de alguna cancha en el oeste de la ciudad.

Mi amigo Raúl me contaba que antes de separarse le decía a la segunda mujer que para qué quería que las cosas tuvieran sentido si igual no las iba a entender. Raúl se enganchó con la niñera tucumana que tenían, y dejó a la esposa. Después, al final, también se separó de la tucumana y ella se volvió a la provincia porque decía que no entendía las cosas de Buenos Aires. Te cuento de Raúl porque él vivía en el oeste, en Castelar, era hincha del Club Atlético y todos los sábados iba a la cancha. Como los sábados la mujer también se juntaba con las amigas, contrataron una niñera para que cuidara los pibes. Al tiempo Raúl se volvía de la cancha después de la primera mitad. Los chicos ya dormían la siesta y ellos culeaban con la radio prendida para saber el resultado del partido. Cuando se separó vino a vivir a Capital, y nos hicimos amigos. Con los años se empezó a diluir su viejo amor del ascenso. Por no viajar empezó a ir a la cancha de River. Pero iba con una camiseta muy vieja de Castelar, algo que a todos nos daba risa. Al sentimiento genuino no lo puede aniquilar la distancia, eso al final es cosa cierta. Pero la realidad le pasa por encima y lo transforma, como esas aplanadoras que convierten la brea y las piedritas en asfalto. El auténtico sentir es algo oscuro que nace deforme y minusválido, sólo la realidad lo convierte en una cosa utilitaria, de contornos pulidos y adecuados, amigo mío, como el matrimonio, la amistad, e incluso el parentesco. A diferencia de los animales, los buenos padres cuidan a sus hijos mogólicos mucho mejor que a los normales. Todos los amores verdaderos son mogólicos. Y nacen y se los cuida como tales. Así perduran. Pero no sé por qué te digo todo esto. La tucumana que decía que Raúl había sido el único amor de su vida, a los meses de estar instalada en Tucumán, le escribió una carta diciéndole que había encontrado al amor verdadero y estaba embarazada y le pedía si no quería ser el padrino de la criatura. No tenía un mango para pagar un aborto, y menos todavía para bancar un nacimiento. Fue increíble, pero Raúl aceptó al instante. Y parecía colaborar contento.

Frente a la vieja casa de Núñez estaba el geriátrico en el que vivía San Jorge. Alguien lo bautizó porque tenía la fuerza para liquidar un dragón, y sentarse en pantuflas a fumar en la vereda. Eso se decía. San Jorge fue el primero que me habló de ese libro. Los duelos de ajedrez entre San Jorge y Andresito eran antológicos. Yo todavía era muy pibe y andaba deslumbrado. Muchas veces colgaba un partido de fútbol para ir al geriátrico. Las enfermeras ya me conocían y me dejaban pasar. Los viejos se ponían contentos. Los geriátricos son una catacumba apestosa, una sala de espera demencial. Pero San Jorge lo piloteaba como si fuera lo más natural del mundo. Como si hubiera estado preparado para todo. Estaba enfermo. El día que se murió los demás viejos también se murieron un poco. Se les aceleró el proceso de descomposición como en esas películas en que dejan la cámara fija enfocando una mandarina hasta que se pudre por completo y después te pasan la cinta acelerada y pareciera que todo sucede en cuestión de segundos. Conocí poca gente como San Jorge.

Desde que me fui a vivir a otro barrio, tengo esa costumbre más o menos regulada. No pasan más de dos semanas sin que vuelva. Por algo que necesito o por alguna excursión que me invento. La primavera que te contaba antes fue la última que estuvo abierto el bar ‘La Posta’. Ahí me juntaba algunas noches con amigos. Ahora ya pasaron 25 años. Ese Belgrano que recuerdo no tiene nada que ver con el de ahora. Nos llenaron de misiles. Y todo parece un colador berreta, desparejo, con huecos nacionales y multinacionales... De todo un poco. Hubiera preferido una guerra de verdad. Al menos después de las guerras viene la reconstrucción. Y la gente se vuelve más sabia a la fuerza, como decía mi abuelo italiano, el anarquista que trabajaba en un taller metalúrgico. Él pensaba que el estado ideal del hombre era la reconstrucción, un personaje histórico. Pero no me quiero salir del tema: lo último que se parece a lo último que se pareció a Belgrano son las galerías. Esas se salvaron porque arriba tienen una pila de cemento mezclado con gente. A Churba, la única que no tenía sombrero, la voltearon como a una choza. Como si hubieran tenido que borrar las pruebas, después de algún crimen fabuloso, y entonces se prende fuego la casa completa y a la mierda con todo. Este país funciona así: lo que hoy está perfecto, mañana es algo avergonzante. Parezco un viejo choto. Ya te va a tocar pegar la vuelta.

En la barra de ‘La Posta’, paraba una mina que le decíamos La Rusa. Algunas noches temprano, cuando había poca gente, la mina se sentaba en la barra y desplegaba a lo largo un montón de hojas escritas a máquina y papeles de distintos tamaños y leía y anotaba y tachaba cosas, ensimismada, tomaba Ricard con hielo y un chorrito de agua mineral, siempre pedía lo mismo: quería ser escritora. Ella no sabía que algunos de nosotros también escribíamos y un día nos acercamos y le preguntamos por su trabajo. Nos mostró unos poemas que no estaban mal. Describía unas imágenes bastante buenas de cuando trabajaba en la morgue municipal. Escenas de cuerpos abiertos, una cosa medio bizarra pero con un manejo que las hacía parecer un asunto cotidiano. El problema que tenía eran los versos. La mina partía los versos cortitos. Una parte que me acuerdo decía algo así:

la noche
sigue

intacta entre
suturas

y
sangre negra

Era difícil de engancharle la onda. Nosotros le preguntamos por qué no dejaba fluir más la cosa, algo como ‘la noche sigue intacta / entre suturas y sangre negra’; y nos dijo que le interesaba la ‘disrupción’; ‘como la ostrananie de los formalistas rusos’; ‘mi trabajo, apunta más a poner el palito en la rueda de la bici del lector’. Nos reímos, más tarde, y esa noche le pusimos La Rusa.

Después de algunos meses pasó lo que todos sabíamos que iba a pasar: La Rusa terminó revolcada con Raúl. Al principio parecía una aventura, materia prima para la burla más que alegría por la nueva felicidad del amigo. Pero la vida es un entero que no se sabe cuándo trae gordo: terminaron casándose en el registro civil de la esquina, a una cuadra del barcito, en Cabildo y Mendoza. La verdad, fue una de las jornadas más alucinantes que recuerdo. El enlace siguió como no podía ser de otra manera en La Posta, que el dueño habilitó ‘por primera vez de día, desde su creación’ como se encargó de aclarar una docena y media de veces. No voy a entrar en demasiados detalles, pero varias generaciones fueron condenadas ese día. La de mis hijos por venir, que, después del aquelarre, decidí que nunca deberían pisar la tierra. La de los hijos del primer matrimonio de Raúl, que desde entonces poco querrían volver a ver a su padre. Y la hija que tuvieron con La Rusa, que si no fue gestada esa noche pega en el palo y entra.

Raúl también trabajaba en una dependencia municipal. Y lo que al principio fue una coincidencia laboral que Raúl explotó al máximo como tema de introducción a todos los preámbulos que tuvo la encamada, después ya fue decepción, y quería cambiar su vida. A Raúl le agarraron inquietudes artísticas, y se propuso también escribir, como nosotros, sus amigos, y como su nueva mujer. Renunció al poco tiempo al laburo. Y empezaron a estar en problemas. Entonces ya tenían a su hija, Martina, y La Rusa tuvo que salir a trabajar. Raúl no hacía nada. Solamente estaba tirado en la cama, y a veces se levantaba y escribía un poco. Se suicidó la tarde del 15 de marzo de 1981. Se cortó las muñecas y se metió en la bañadera. Arriba de la mesa encontraron una carta de la tucumana que le decía que su ahijada se había muerto. Había enfermado y no le alcanzó la plata para costear el tratamiento como tenía que ser y al final pasó lo peor. Raúl tenía hijos y ahijados en todos los pueblos. Pero a diferencia de Maxi, vino fallado de fábrica. No pudo resistir ni un minuto. Raúl no tenía un timer que apagara el motorcito, Raúl tenía el botón rojo de autodestrucción, en caso de ser atrapado por el enemigo. Y su enemigo siempre fue la tristeza. Raúl es la persona que mejor vi gambetear en mi vida al desconsuelo. Lo llenó de goles. Pero al primer partido que le empataron colgó los botines.

Martina es mi ahijada. No te creas que nunca tuve ganas de imitar a Raulito. Pero pienso que para ella sería un mazazo demoledor. Así funciona la cosa. Yo que nunca quise tener un ancla, estoy quietito en el puerto hace más de veinte años. Al final Raúl le trajo hijos a todos los herejes.

Después de que cortamos el otro día por teléfono, me puse a pensar en lo que me decías y puede ser que tengas razón. Como te contaba más arriba parezco un viejo choto, y eso es algo que siempre traté de esquivar. De alguna forma la memoria es una trampa, un refugio sin puertas del que todos entran y salen cuando quieren. Uno intenta contener a los recuerdos, pero es algo que no se puede, y entonces va y escribe pensando que tal no se me escapa ni aunque vengan y lo adiestren las fuerzas especiales. Y esas cosas van quedando. La otra trampa es el arrepentimiento. Pero a eso ya le encontraron la vuelta, hace unos cuantos años, diciendo que hacían literatura. Tuvimos suerte.

El gato no para de maullar, no lo aguanto más. Voy a bajar a comprarle algo de comer. La verdad, no sé qué decir sobre tu libro. Me siento como un campeón del mundo. Esos negritos fabulosos que se vuelven reyes de un día para el otro y les empiezan a hacer preguntas y de pronto todo lo que dicen debería ser algo de importancia. Vos me decías que la literatura te parecía una especie de viaje hasta un lugar que de otra forma no sabías cómo llegar y me pedías una opinión. Y yo en lugar de una opinión te escribo esto, que parece una guía Michelín. Y a lo mejor así está bien. Qué se puede decir para presentar un libro, salvo que uno desea con todo el corazón que lo encuentre quien lo tenga que encontrar...
Pronto la seguimos en Buenos Aires.

Pietro.


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